lunes, 9 de enero de 2017

Noche

Había muchas luces encendidas pero pocas personas, caminé un poco más aprisa mientas me acariciaba los brazos con mis manos para entrar en calor, era una noche fría de esas en las que parece que el mundo se ha tragado a todo y a todos. Debía caminar hasta el paradero que quedaba a cuatro calles. Un desasosiego me invadía y la tristeza se apoderaba de mi. Cuando miraba mi reflejo en las ventanas de las casas, veía a un desconocido en mi cuerpo, unos ojos apagados, unos labios me mostraban una sonrisa falsa, de esas que intentan mostrar alegría pero que en el fondo están cargadas de penas. 

Ese día me había levantado temprano, me desperté cuando aún estaba oscuro, no quería hacerlo, odiaba ir a ese trabajo, odiaba a los dueños de la empresa, odiaba a mis compañeros. A pesar de todo me gustaba el silencio de la oficina cuando estaba solo, o la hora del almuerzo en que salía a caminar. Disfrutaba cuando me envían a algún lugar porque aprovechaba para caminar por la ciudad, gastaba horas caminando. Una vez caminé desde el aeropuerto hasta la oficina, fueron horas en las que me embriagaba con el ruido y los olores de la ciudad, me sentía libre y feliz, sin cargas ni penas. 

Durante todo el día sentía un frío que calaba en mis huesos, usaba una chaqueta bajo mi uniforme de trabajo. A veces salía al patio a tomar el sol en un intento por calentarme pero nada parecía funcionar. Me sentía en ese sitio incomodo, fuera de lugar, una parte de mi me había abandonado. Me sentía desdichado. 

Ese día había llorado como cuando era niño, las lágrimas corrían por mi rostro sin poderlas detener, desde mi garganta se iba formando un nudo que quería salir en forma de grito, si lo hubiera hecho me habría sentido libre pero lo ahogué en forma de llanto y jadeos, mis rodillas tocaron el suelo,  la fuerza me abandonó, me abracé a mi mismo como mi madre lo hacía cuando tenía miedo a ir a dormir, me quedé allí por horas. 

Unos días antes había llorado igual, pero la diferencia era que alguien me había visto. S se ofreció ese día a llevarme hasta la parada del autobús, cuando me bajé del carro y me senté a esperar, él seguía allí mirándome, abrió la puerta del carro de nuevo y me llevó hasta donde me dejaba el bus, por primera vez vi en él una pizca de humanidad, de bondad que necesitaba en mi vida.

Esa noche no estaba S. ni Y. el mundo me había abandonado. Seguí caminando mientras recordaba, mientras la ciudad me tragaba en su oscuridad, mientras me consumía en mi propia oscuridad...

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